miércoles, 30 de octubre de 2013

Palabras que Forman Historias. Uno: Dinero, Búsqueda, Mirada, Hotel, Hormigonera.

               Seguía diluviando con ganas aquella tarde de Abril. La lluvia se había convertido en una compañera habitual durante el último mes, más o menos desde las inundaciones de Febrero. Durante casi cuarenta días había lloviznado algo, aunque gracias a Dios, no había vuelto a caer con tanta intensidad como aquella fatídica mañana de principios de año.
                Los distintos medios de comunicación mostraron a los vecinos de la Comarca, viéndose superados por corrimientos de lodo y tierra, y cómo grandes avenidas de agua discurrían fogosas por las calles principales de los pueblos. El agua lo arrastraba todo, y en las imágenes se veían tanto bicicletas flotando a la deriva, como coches, e, incluso, una hormigonera se había visto arrancada del suelo por la inconmensurable fuerza de las aguas y estaba vertiendo aquí y allá restos de hormigón a medio diluir.
                Durante el último mes la gente de la zona había estado trabajando sin parar para devolver sus hogares a la situación previa, pero aparecía un problema tras otro. Muchos edificios no eran seguros porque sus cimientos se habían visto afectados por los corrimientos de tierra. Algunos edificios incluso se habían derrumbado mientras el agua lo cubría todo. Mucha gente había perdido sus cultivos, y los agricultores habían visto cómo se estropeaba una cosecha que ya de por sí iba a ser escasa. El coste económico de aquél embate de la naturaleza seguía creciendo por momentos. La gente había perdido su sustento, sus ahorros, sus casas y sus posesiones, algunos habían perdido sus trabajos, y otros, habían perdido incluso la vida. Y muchos más habrían perecido de no ser por la actuación heroica de algunos vecinos, que se jugaron todo lo que les quedaba para ayudar a sus vecinos.

                Seguía diluviando con ganas aquella tarde de Abril, y Elena no sabía qué hacer. Había perdido su piso en la inundación, y, además, el local en el que trabajaba había sufrido graves desperfectos y todavía estaba en obras. Estaba sin blanca, ni un mísero céntimo, viviendo en casa de una amiga en las afueras de Valaguas.
                Había vivido toda su vida allí, entre aquellas calles, rodeada por aquellas gentes, pisando aquellas piedras y dejándose mecer por el mismo viento que soplaba todas las tardes. Pero ya no pertenecía allí. Aquél había dejado de ser su lugar poco más de un mes atrás, cuando su casa y su futuro se derrumbaron al mismo tiempo sobre su prometido. No le quedaba nada allá, pero no se había atrevido a irse todavía. Se hallaba sin fuerzas, agotada día sí y día también, tratando de no pensar. Pero nada la aliviaba.
               
                Paula llegó a casa empapada, calada de los pies a la cabeza pero con una sonrisa tan cálida que parecía ajena a todo lo que había pasado el último mes. Elena salió a recibirla, arrastrando los pies, alicaída.

                - ¡Hola Ele! - Dijo Paula, toda entusiasmo, como siempre. - ¿Qué tal has pasado el día? ¿Ha pasado algo interesante?
                - Hola Pau, no, la verdad es que no. -Elena parecía dubitativa y Paula fingió no darse cuenta.-.
                - Mira, ya me han dado el dinero de la indemnización. No es mucho, especialmente ahora, pero con esto podré reabrir la peluquería, y podré dejar de ir casa por casa para poder trabajar.
                - Me alegro mucho Pau, de verdad. -las palabras de Elena parecían sinceras, pero sus ojos delataban que su mente estaba en otro lugar, muy lejos de allí. Había pasado así el último mes, y Paula sólo quería verla regresar-.

                Paula prestó más atención a su amiga, porque había algo distinto en su mirada. No era fácil de ver, pero ella había estado observando a Elena durante el último mes, esperando encontrar algún rastro de mejoría en su semblante, y por fin veía algo distinto. No era algo muy exagerado, y era prácticamente imperceptible, pero los ojos de Elena volvían a tener un brillo especial. Por un instante, Paula pensó que su amiga le recordaba a una leona que identifica a su presa antes de abalanzarse sobre ella.

                - Me marcho -dijo Elena, tranquila y serena.-.
                -¡¿Qué?! - aquello había pillado totalmente fuera de juego a Paula, porque aunque esperaba un cambio en la actitud de su amiga, eso ni se le había pasado por la cabeza. ¿Cómo que te marchas? ¿A dónde irás? ¿Qué harás? - habría seguido preguntando, porque las preguntas se amontonaban en su mente, disparadas por un miedo irracional y mezcladas con auténtica consternación. Definitivamente Elena había perdido la cabeza.-.
                - Tranquila Pau, he estado pensando en esto mucho tiempo. He buscado muchas soluciones al mismo problema, y la verdad es que no encuentro ninguna. Lo que pasa es que tengo que seguir buscando, y llevar esa búsqueda a otro lugar. Aquí no me queda nada -dijo Elena con los ojos bañados en lágrimas, aunque sin perder la compostura.-, bueno, eso no es cierto, todavía me quedas tú, pero no quiero ser un lastre para ti. Tengo que volver a volar, y aquí el dolor es tan grande que el simple hecho de pensar en abrir las alas...

                Elena rompió a llorar. Hacía mucho tiempo que no dejaba entrever sus sentimientos, o eso creía ella, pero todavía hacía más tiempo que no perdía el control de aquella manera. Se estaba despidiendo de su mejor amiga, de la única persona que la vinculaba con el pasado, y entonces todo cobraba vida de nuevo.
                Se acordaba de él, de su sonrisa, y de los momentos que pasaron juntos. Se preguntaba si volvería a verlo, o si podría ser feliz sin él, y aquél pensamiento todavía le hacía más daño, porque sentía que le estaba fallando. Y se enfadaba, porque era él quien la había abandonado. Y volvía a llorar, con más ganas todavía, por odiarle y pensar que él había elegido abandonarla. Todo en aquél lugar era demasiado intenso, y tenía que alejarse de allí.


                Elena pasó la siguiente semana preparándose para el viaje, con la ayuda de Paula. Parecía menos preocupada y más fuerte, y cada día que pasaba Paula la notaba mejor. Cuando finalmente llegó el día de la despedida, las dos lloraron como niñas, se abrazaron como hermanas y se despidieron como mujeres, sabiendo que sus caminos quizá no volverían a encontrarse. Paula seguiría trabajando en la Peluquería Pau, y Elena todo lo que sabía era que esa noche iba a dormir en un hotel, antes de subirse al tren de mañana. 

9 comentarios:

amapola dijo...

joer como mola...sigue adelante, ya tengo preparada la palabra k te voy a poner la próxima vez... jajajaja

Oscar muñoz arancon dijo...

eres un crack

Christian Magallón Soria dijo...

Gracias por vuestras palabras de ánimo chicos^^. Espero poder seguir escribiendo y que os guste lo que escribo ;D.

Nosferes dijo...

Te ha quedao fenomenal :)

Christian Magallón Soria dijo...

Muchas gracias, me alegro de que te haya gustado^^.

Anónimo dijo...

Genial!! Habrá que pensar palabrillas más difíciles para la próxima historia ;)

~Una peregrina del Camino~

Christian Magallón Soria dijo...

Jaja bueno, acepto el reto, peregrina ;D.

Ahora sólo toca tener tiempo libre...

IWY dijo...

Sin palabras, así es como me has dejado. Enhorabuena por tu habilidad para hacer que todos nos traslademos al lugar de tus escritos y compartamos durante esos momentos lo que tu sentiste al escribirlo.
Hay que estar loco para no saber que tienes la palabra "triunfo" en tu camino. Sí se puede.

Christian Magallón Soria dijo...

Me alegro mucho de que hayas disfrutado con el texto, espero poder ser capaz de escribir mejor a cada intento, y de conseguir así que cada texto tenga vida, para que podáis seguir disfrutándolos siempre que los leáis.