miércoles, 8 de marzo de 2017

Los Secretos de Eivi

Cuando era pequeño no paraba de fantasear con lo que haría si fuera mayor. Cuando empecé a hacerme mayor, fui olvidando los grandes planes que tenía reservados para ese momento. Los breves instantes en los que me dejaba llevar eran aquellos en los que era realmente feliz. Recuerdo cómo jugábamos a explorar la ciudad y sus alrededores, tratando de descubrir todos los mágicos lugares que escondían. Quizá, la mejor aventura que corrí fue aquella que empezó de casualidad, cuando mis amigos y yo encontramos aquél mapa arrugado en el suelo del colegio.

Tendríamos unos diez años y todo lo que sabíamos de aventuras provenía de los cuentos y de las películas. Nuestra imaginación sin techo empezaba a chocar con nuestra creciente conciencia de la realidad, y de vez en cuando alguno decía algo sensato. Pero aquella vez a todos se nos olvidó pensar con frialdad, y nuestra fantasía comenzó a hilvanarse con la realidad. Fue la olvidadiza y alocada Amber quien encontró aquél trozo de papel, arrugado, pisoteado y manchado. Olvidado y desechado por alguien que conocía su verdadero valor, para nosotros era un lingote reluciente lleno de esperanzas.

-          ¡Mirad chicos! He encontrado algo… creo que es un mapa. Aunque no sé de qué –tendríais que haberla visto, estaba tan contenta que parecía que sus padres por fin le habían comprado la bicicleta que tanto tiempo llevaba pidiendo-.
-          Igual es el mapa de un tesoro… -Esta vez fue Rose la que habló, aunque no sonó muy convencida-.
-          ¿De dinero, oro y eso? No creo, ya lo habrían descubierto, ¿no? –Riv era la voz de la razón. Era un chico grande y fuerte, pero sorprendentemente perspicaz. Quizá por aquél entonces fuera el más inteligente de nosotros, pero no se lo vayáis a decir o no cabrá por las puertas-.
-          Igual es algún escondite de cuando la guerra o algo. El otro día mis padres estaban diciendo que hay sitios donde todavía hay bombas enterradas, y zule…zula… ¿zulos? Aunque no sé qué es eso, pero por lo visto son como habitaciones secretas – La madre de Azul era historiadora, y su padre periodista, así que él siempre escuchaba cosas que eran aburridas e interesantes a la vez. Muchas veces no entendíamos de lo que hablaba porque usaba palabras raras-.

Entonces me acerqué a Amber y le quité la hoja, para observarla detenidamente, como si supiera lo que estaba haciendo. Tras analizarla lo mejor que supe mientras los demás intentaban arrebatármela, les comuniqué lo que había descubierto:

-          Parece que es un mapa de esta parte de la ciudad, pero hay calles distintas, que no existen. ¿creéis que podrán ser túneles subterráneos? –Desde pequeño siempre me habían fascinado las habitaciones secretas, los túneles y los pasadizos, así que no es de extrañar que intentara verlos en todas las partes- una vez leí en el periódico de la ciudad que hay al menos un par de túneles que pasan por debajo de nuestra ciudad desde la edad media.

Los demás me miraban como si estuviera loco, y no es de extrañar. Al fin y al cabo, aunque queríamos creer en los cuentos, jamás habíamos visto un pasadizo o una puerta oculta. Iba a ser casualidad que diéramos con un mapa que nos revelara los secretos mejor guardados de nuestra ciudad, ¿no? Pero es precisamente lo que nos parecía a todos, aunque no quisiéramos creerlo. Ya era casi la hora de irnos a casa y ni si quiera nos habíamos puesto de acuerdo sobre lo que habíamos encontrado. Decidimos que lo mejor sería seguir hablando el día siguiente, así que le devolví el mapa a Amber para que lo guardara. Al fin y al cabo, quién lo encuentra se lo queda.

Iba a ser una noche muy larga.

Cuando por fin sonó la campana para salir al recreo, parecía que nos perseguían unas vacas de lo rápido que salimos al patio. Aún estábamos jadeando cuando Amber empezó a decir:

-          Chicos, chicos, heestadopensandoqué…
-          ¡Amber! –exclamamos todos al unísono- Respira un poco y habla más despacio, o no te vamos a entender –añadió Guf-.
-          Vale, vale, perdón –Amber se puso ligeramente roja, siempre le pasaba cuando Guf le decía algo, aunque todavía no sabíamos por qué. Ja, dichosa inocencia-. Os decía que he estado pensando que lo que tenemos que hacer es seguir el mapa. En las pelis siempre hay algo marcado en los mapas, pero aquí –señaló todo el mapa con un gesto de la mano- no hay nada distinto, solo calles y más calles. Así que a lo mejor Eivi tenía razón ayer… y el secreto del mapa son los túneles. ¡Igual encontramos algo que nadie ha visto en cientos de años! –Ahí estaba otra vez, esa felicidad que apenas podía contener dentro de su diminuto cuerpo-.
-          ¿Y cómo vamos a seguir el mapa? –Pregunté, intrigado-
-          Pues veréis –dijo sacando cinco folios de papel de su carpeta y cogiendo el rotulador fosforescente- lo que tenemos que hacer es…




“Si queréis que la historia continúe para descubrir a dónde lleva el mapa misterioso o qué oscuros secretos guardan estos niños, tenéis que hacérmelo saber. Compartid el blog, comentad, o escribidme. Hacedme preguntas. Retadme.”

miércoles, 18 de enero de 2017

Turismo de Búsqueda

                Me he despertado sobresaltado y bañado en sudor. Me he incorporado sin darme cuenta, movido por algún tipo de resorte, como cuando estás a punto de coger el sueño y recuerdas que tienes que hacer algo de suma importancia. Pero no sé qué es lo que se supone que tengo que hacer y ni siquiera sé qué diablos me ha despertado. Así que me encuentro perdido y desvelado en mitad de la noche, envuelto por una quietud absoluta y suprema tan sólo rota por alguna extraviada racha de viento. Lo mejor que puedo hacer es prepararme un té calentito, a ver si envuelto en la manta en el sillón y dando sorbos de amargo desconcierto consigo descubrir qué es lo que se me escapa.

                Un ruido lejano, amortiguado por otros ruidos más cercanos me despierta. Son las diez de la mañana y me he quedado dormido en el sillón. La sociedad ya ha empezado a hacer sus quehaceres y yo por lo visto ni me terminé el té. Sí que me afligía la incertidumbre… Voy a dejar la taza en el fregadero y me daré una ducha para despejarme, hoy tengo un día ajetreado por delante.

                Llevo viajando por Europa casi tres meses en una furgoneta adaptada que compré a buen precio. Me acababan de despedir y tenía un dinero ahorrado, así que imaginé que era un buen momento para buscar respuestas a preguntas que todos nos hacemos, como cuál es mi lugar en el mundo o qué narices es lo que se supone que debo hacer con mi vida. Los últimos años han sido un constante recordatorio de que la humanidad está perdiendo el norte y siento que no hay nada que podamos hacer.
Yo he perdido gran parte del optimismo que me acompañaba y he dejado de preguntarme por qué no podemos los seres humanos construir un futuro de película. Concretamente de ciencia ficción. Porque si utilizáramos los recursos de que disponemos como especie, seguramente haría siglos que habríamos colonizado otros planetas. Seríamos una gran especie, menos nociva para todo lo que nos rodea y… bueno, no merece la pena pensar más en el tema. El caso es que decidí que, ya que no podía influir en la especie, buscaría encontrar la paz conmigo mismo.
Pero de momento eso tampoco ha dado resultado. Desde que era niño he leído historias de gente que se ha ido a Asia a buscar respuestas. A meditar, a conocer sus culturas ancestrales, pero de algún modo siento que aquello está demasiado prostituido, tanto que con mi suerte únicamente encontraría falsos gurús y volvería creyendo unas respuestas fabricadas a mi medida.
No, me gusta meditar pero voy a tomar una senda distinta y, quizá de esa manera, podré llegar a algún punto diferente. Así que me muevo por intuición, y voy a lugares con los que siento cierta afinidad o armonía. Medito allí, en bosques frondosos; en bulliciosas iglesias; en apartados lagos… incluso llegué a encontrar un fantástico lugar de meditación en un pub en pleno centro de Edimburgo.  

En este tiempo me he dado cuenta de que eso que se conoce como New Age ha calado fuerte y va a seguir haciéndolo. Gente haciendo yoga, meditando o investigando en temas que no hace tanto eran tabú u objeto de mofa (muchos todavía lo son, pero eso es un debate para otro día). Al final es un tema de espiritualidad, de creer que estamos aquí para o por algo, o de escepticismo y aceptar que “polvo somos y en polvo nos convertiremos”. No deja de ser curioso ver paralelismos entre mundos tan dispares, pero, de nuevo, es un debate para otro día, porque hoy…
 voy a meditar en Stonehenge.


Si los demás turistas me hacen un hueco.

lunes, 18 de julio de 2016

Algatria. Relato solicitado por Quenthel.

                Hoy tenía que haber sido un día fácil. Estamos a mitad de semana y los comerciantes ya no están tan nerviosos como los primeros días, y la gente empieza a notar el cansancio acumulado.  Cuando salí del Arrabal poco después de amanecer, todo parecía indicar que iba a ser un aburrido día más, de esos que a nadie le gustan. Pero no. Tenía que ser hoy el día que El Gremio utilizara para dar un escarmiento a todas esas ratas callejeras. Como yo.

                Si no sois de Algatria, dejad que os resuma la situación en la que nos encontramos: Hace más de doscientos años que no vemos una guerra de verdad, y los tiempos de paz nos han sentado relativamente bien. Desde las Guerras de las Tres Razas, todo ha sido un poco menos convulso y más sencillo, especialmente para los humanos, que al fin y al cabo salieron victoriosos del conflicto. Se fundaron diversas ciudades estado, aunque todas ellas tienen que responder ante el Rey Patule, un Sin Sangre con un pedigrí inmaculado. Los elfos y los enanos, a pesar de haber sido razas enemigas, y en aras de un futuro mejor, fueron exonerados. Se disolvieron sus organismos de mando, pero al margen de eso, apenas tuvieron castigo. Claro que nadie comenta en voz alta que se les perdonó porque eran artesanos sin igual y hubiera sido un desperdicio marginarlos de esta “nueva y brillante sociedad interracial”.
                Los orcos, sin embargo no tuvieron tanta suerte. Eran hábiles en diversas tareas pero tan solo alcanzaron la maestría en combate, y a nadie le apetecía que siguieran trabajando en sus dotes, así que se les impuso un castigo ejemplar. Se les acusó de haber sido los instigadores de la guerra, y se les obligó a firmar un contrato que los dejaba poco menos que en la esclavitud. Su número ha mermado considerablemente, y aunque ahora todavía los puedes ver por la calle, sería extraño que no estuvieran haciendo trabajos pesados o que nadie más quiere hacer.
                Al terminar la guerra los humanos se dedicaron casi exclusivamente al comercio. Se adueñaron mediante contratos exclusivos de los mejores artesanos de las diferentes razas y empezaron a comercializar sus mercancías. No tardaron mucho en obtener un poder casi mayor al del mismísimo rey, y formaron El Excelentísimo Gremio de Comerciantes y Artesanos, una organización casi tan pomposa como su nombre. Solemos llamarlo El Gremio, por acortar y eso.

                El Gremio, con el paso del tiempo desarrolló una genialísima idea para mantener a raya a las personas indeseables, o sea, cualquiera que no tuviera suficiente plata en los bolsillos. De vez en cuando los alguaciles de la ciudad recorrían las calles expulsando de la zona de mercado a todas aquellas personas que no estuvieran trabajando, o tuvieran suficiente dinero como para poder pagar un pasaje de tres monedas de plata. No lo hacían a menudo, porque sabían que de ese modo el comercio flojearía hasta límites insospechados, pero lo hacían lo suficiente como para que la mayoría de las personas no pudiera permitirse estar en el mercado esos días. La voz se extendía rápidamente, claro, porque esos días también eran conocidos por tener el número más alto de personas desaparecidas. Todo el mundo sabía que los guardias apresaban y ejecutaban sin miramientos a cualquiera que les hiciera la más mínima afrenta, pero era imposible hacer algo al respecto.
                Bueno, pues hoy era uno de esos días, y como yo había madrugado más de la cuenta para ver si conseguía aumentar mi “comisión”, no me habían podido avisar de que estaba empezando el jaleo hasta que me di cuenta yo mismo, y era demasiado tarde como para que pudiera salir de la zona residencial sin levantar sospechas. Tampoco podía quedarme, porque si algún soldado o alguacil me pillaba… digamos que aquello no podría acabar bien.
               
                Después de dar vueltas por las calles durante la mayor parte de la mañana, me encontraba en la plaza, observando atentamente desde la penumbra de un portón el ajetreo típico del mercado. En la plaza principalmente se concentraban los mercaderes de bagatelas, y alguna vez había un par de puestos de comida con tocino, panceta, hogazas de pan y embutido. Unos meses atrás un visionario mercader intentó vender fruta para refrescar a los compradores, pero la fruta se le estropeó antes siquiera de vender una sola pieza. Habíamos dejado de estar en guerra, pero la gente todavía quería ver sangre de alguna manera, parece ser. Yo probé sus manzanas, y estaban deliciosas. Es una pena que la gente no les hiciera aprecio.
                Llevaba poco rato allí cuando empecé a oír un extraño murmullo. Agucé el oído y pude comprobar que eran voces, hablando muy rápido y a distintos tonos de voz. Un susurro aquí, un grito allá, un gemido en el otro sitio. Algo había pasado. Varios alguaciles entraron en la plaza desde distintas calles, mientras por las contrarias la gente empezaba a irse poco disimuladamente. Yo me quedé quieto, porque sé por experiencia que moverte es la forma más fácil de que alguien se fije en ti. Aguanté estoicamente el rato suficiente para que la autoridad se empezara a entretener con los demás y trepé al tejado de la cantina. Con el árbol al lado y las ventanas bajas sin barrotes, era un milagro que no les hubieran robado más veces. Aunque era muy probable que fuera por que la pareja de enanos que llevaba el lugar era muy amable y trataba muy bien a todo el mundo independientemente de su raza o cartera a pesar de trabajar de sol a sol aguantando borrachos e inútiles.
Bueno, como iba diciendo subí al tejado y durante la próxima hora me dediqué a contar nubes tumbado como cualquier gato callejero. La verdad es que tenía suerte de ser un humano pequeño. A la mayoría de la gente la hubieran visto a pesar de estar en alto.
Me ha dado tiempo de ver diecisiete nubes con forma de dragón, jugar con tres gatos y espantar a tres palomas toca narices. ¡Ah! Y de contaros todo esto. Creo que ya es hora de que me asome a ver qué es lo que pasa ahí abajo.

No queda ningún alguacil, pero como he estado todo el rato tumbado y sin prestar demasiada atención, no sé por qué calles han salido, aunque imagino que si salgo por las que los he visto entrar no me encontraré con mucha gente. La pena de que Algatria no haya crecido más es que los edificios no están lo suficientemente cerca para ir de tejado en tejado. Bueno, voy a bajar a ver si puedo pasar desapercibido.

-          ¡Eh! Chaval, ¿qué haces ahí parado? Si tienes ganas de mear vete a otro sitio, me vas a espantar a los clientes –es Bul, el enano que se encarga de la cocina en la cantina. Parece un poco desorientado, llevará mucho tiempo entre fogones y habrá salido a tomar el aire. Mierda-.
-          Tranquilo, En, sólo estaba buscando algo de sombra. El sol hoy da poca tregua –pongo mi mejor sonrisa, a ver si cuela-.
-          Bah, vete por ahí y déjate de juegos. Es un día de mierda y no tengo ganas de discutir con nadie, ¡Fuera!

Por supuesto ya me había dado la vuelta y él me estaba gritando a la espalda. Los enanos son bastante simpáticos, si no están cansados. Si lo están son unos cascarrabias insoportables. Creo que por eso inventaron el aguamiel y la cerveza. Voy a ir por herrerías a ver si me da tiempo de acercarme a los muelles sin que me vean.

Llevo como veinte minutos andando por herrerías cuando por fin tengo ocasión de trabajar un poco. En la zapatería que hay frente a la forja de Petro Cemento hay un joven rico montando un poco de escándalo que voy a aprovechar para mi beneficio. Ya estoy lo suficientemente cerca como para que nadie note mi estrategia, así que volteo la cara y grito una despedida mientras finjo que me tropiezo y pierdo el equilibrio. Choco contra el joven y lo empujo un poco.

-          ¡Cuánto lo siento! –digo con la cabeza gacha y una maravillosa voz de pena. Cada vez se me da mejor-. Lo lamento de veras señor, espero que se encuentre bien.
-          ¡Largo de aquí inútil! Joder, le tenía que haber hecho caso a mi padre y no haberme acercado aquí hoy. Lo peor de cada casa se encuentra en herrerías. ¡Mierda! –Se dio la vuelta y se fue gesticulando como un loco que estuviera luchando contra molinos o algo por el estilo. Ricos. No hay quien los entienda.

Mmm. No pesa tanto como esperaba, aunque estos ricos tienen la dichosa manía de llevar varias bolsas repartidas por el cuerpo para que no se las roben todas. Y yo que pensaba que era tonto además de loco. En fin, supongo que con esta plata podré comer un poco de cochinillo asado en alguna tasca de los alrededores. Voy a ver si en Casa Justa sigue estando esa violinista tan guapa.
Mientas me dirijo hacia allí, alguien se choca contra mí y sigue corriendo antes de que pueda decirle de todo. Miro a ver si me ha robado algo pero sigo llevando las cinco bolsas que he sacado hoy.

-¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡ESE MALDITO ELFO ME HA ROBADO! ¡QUE ALGUIEN LO PARE!

                Ah, menos mal que no es el noble que ha vuelto a por mí. Aunque aquél de allí delante hablando con el alguacil sí parece… mierda.


Continuará…

sábado, 2 de julio de 2016

Palabras que Forman Historias Cinco.


                             *Cancamusa, pichón, perroflauta, doritos, Ecuador, jipiar, guaje, plurisexualidad, cerveza, megatrón.             

       Se hallaba en medio de una acalorada discusión en el bar de su hotel en Quito, Ecuador. Acababa de terminar la carrera, licenciándose en Literatura en la universidad de Harvard, y había decidido pasar un verano inolvidable visitando diversos países de América del Sur. Entre cerveza y cerveza, picando doritos, patatas y frutos secos, la conversación avanzaba cada vez más fluida. Henry se había encontrado en el hotel a un grupo de turistas europeos y conversaban en un popurrí de lenguajes en el que ningún tema era tabú. Hacía poco una de las chicas, Cornelia, una alemana que destacaba en la multitud primero por su despampanante físico y después por su inusitado desparpajo, había empezado a hablar sobre cómo la sociedad cada vez avanza más hacia la plurisexualidad. Cornelia estaba manteniendo una relación abierta con Hans y Sofía, una pareja de Austria que había conocido en el avión.
Según Cornelia, los roles de género cada vez se difuminaban más y más, y terminarían convirtiendo las relaciones tradicionales en la excepción. Henry por su parte mantenía una sana y tolerante visión al respecto, aunque difería en el concepto de relaciones tradicionales. Al fin y al cabo en las antiguas civilizaciones el amor romántico no existía y el sexo entre personas del mismo sexo era tan común y normal como el sexo entre personas de diferente género. Además, Henry estaba convencido de que si los más oscuros deseos de la mayoría de las personas guardan relación con bacanales y desfases similares, por algo será.

Horas más tarde, visiblemente afectada por el desenfreno al que se había sometido, Cornelia se levantó y besó apasionadamente a Henry, dejándolo estupefacto.
-Bueno, pichón, espero verte esta noche en el concierto de Megatrón. Creo que todos los demás van a ir –Cornelia volvió a besar a Henry, tratando de convencerle de que le convenía dejarse caer por el concierto-.
-Mmm. Creo que será interesante, tienen pinta de tocar muy, pero muy bien –sus ojos, juguetones, chispeaban a causa del alcohol mientras observaba embelesado a Cornelia. Ella rio y se despidió con un ademán y una sonrisa-.
Henry se levantó, un poco encorvado y se encaminó hacia los ascensores que se encontraban junto a la puerta del bar.
-¡Eh, guaje! –Le gritó Marta, una jovencísima española de pelo rizado y pecas que le conferían un encantador aspecto inocente-. Te olvidas la cartera, Cassanova –le dijo mientras se la lanzaba-.

Cuando Henry llegó a la puerta de su habitación, que se encontraba en la cuarta planta, vio que Cornelia estaba sentada al final del pasillo, en su puerta. Quizá se había dejado la llave en el bar y le daba pereza ir a buscarla.
-¡Cornelia! ¿Qué haces allí sentada? –gritó el joven, quizá con más vigor del que esperaba-. ¿No puedes entrar? Ven aquí, todavía me queda algo en el mueble-bar, si quieres.
La bellísima alemana se levantó y avanzó hacia Henry contoneándose. Casi parecía estar exagerando su movimiento de caderas, pero Henry estaba un poco aceptado y no podía pensar con claridad. En cuanto la joven lo alcanzó, éste abrió la puerta y ambos se adentraron en la calurosa habitación, un tanto lúgubre y mal iluminada. Aun no se había cerrado la puerta y Cornelia se abalanzó sobre Henry, empotrándolo contra la pared con inusitada violencia. Un gemido escapó por los labios entreabiertos del joven, pero la muchacha no tardó en silenciarlo con sus besos.

Alguien llamó a la puerta, y como no obtuvo respuesta, gritó:

-Eh, mamones, menos diversión, que vamos a llegar tarde al concierto –les gritó una estentórea voz masculina, muy grave.
                Unos quince minutos después, tras numerosos intentos de interrupción, Henry estaba recogiendo su ropa del suelo, y pasándole a Cornelia que todavía yacía en la cama la suya. Cuando levantó la blusa, una tarjeta cayó al suelo y Henry sonrió. Se volvió y le dijo a Cornelia:
                -Así que todo eso de estar sentada en el pasillo era una cancamusa. Querías que te invitara a entrar, maquiavélica y hermosísima mujer.
                -Culpable –reconoció ella, todavía con rubor en sus mejillas, pero un deje de desafío en su voz-. ¿Me vas a castigar por ello?
                Como toda respuesta oyó una sonora carcajada y su blusa le cayó sobre la cabeza. Se terminaron de vestir y salieron al pasillo. Hans y Sofía estaban allí sentados, algo apesadumbrados. La joven sollozaba y oyeron que Hans hablaba con ella.

                -Venga So, ya vale de jipiar. Sabías lo que había cuando empezó todo esto, pensaba que eras lo suficientemente madura como para soportarlo. Si no puedes entender que otras personas pueden hacerla feliz, deberías quedarte al margen. Solo vamos a estar aquí un par de semanas, se supone que veníamos a pasarlo bien, a ser felices.
                -No lo entiendes Hans. Estoy enamorada de ella. Tanto que me duele, mucho. No es algo que pueda controlar, o racionalizar. Ha pasado y punto. Prefería que tú te hubieras liado con ese perroflauta antes que ella, maldita sea. Me dolería menos.


                Henry y Cornelia se miraron, sin entender que un acto de amor desinteresado pudiera generar tanta tensión. Se acercaron a la pareja, ella decidida y él un tanto cohibido. Definitivamente no era así cómo esperaba pasar su “verano inolvidable”, pero estaba convencido de que aquellos recuerdos quedarían grabados en su memoria para siempre.

lunes, 23 de mayo de 2016

Estanterías

        Se sentía cansado y sus párpados no paraban de presionarle para que se rindiera. Pero todavía era pronto, aun le quedaban muchas cosas por hacer. Quizá debiera… pero no, no podía. Ya descansaría más tarde. Sí, dormiría entonces y repondría fuerzas para otro día agotador. Genial, tantos años sin ajetreo por fin se cobraban la temida venganza. Pero no tenía más tiempo que perder divagando, claro.

      Hizo un titánico esfuerzo para abandonar la silla y ponerse en pie. Tras ese primer impulso parecía que su cuerpo era más liviano, o al menos se sentía con más energía. Se encaminó hacia la estantería y extrajo un pesado tomo, el único sin polvo en aquél polvoriento estante. Diantres, había tanto polvo que el mero hecho de sacar aquél volumen había creado una nube que se acercaba peligrosamente a su nariz. Maldición, ya notaba aquél dichoso cosquilleo que… estornudó estentóreamente y se alegró de estar solo. Luego, por su puesto, se acordó de que no lo estaba. O ella se lo recordó. Como fuera.

-          Madre del amor… Salud. ¿Ya has decidido qué nombre le vas a poner? porque digo yo que después de tanto trabajo para traerlo al mundo… -la joven sentada a su espalda sonrió con malicia. Era atractiva, aunque casi todo su encanto radicaba en su avispado ingenio. Su preciosa sonrisa era como una radiante armadura que la protegía del mal humor de los demás.
-          Pues… esto… No tenía pensado nada. ¿Tienes alguna sugerencia? Aunque sólo sea por proximidad te toca ser la madrina de la criatura –No se recompuso mal, dadas las circunstancias. Con ella todo funcionaba así. Por encima de su belleza, o de sus encantadores ojos, que convencían a la mayoría, ella necesitaba un reto intelectual. Algo así como fuego para su pasión dialéctica. Por supuesto, ella no tuvo que pensar demasiado. Tenía la respuesta preparada. Maldito fuera su ingenio.
-          Sí, me recuerda mucho a un desagradable profesor que… -Arrancó en el acto, pero él la interrumpió:
-          ¿y quién ha dicho que haya sido un “él”? –entrecerró los ojos, desafiante. Ella sonrió.
-          Touché. Odio cuando haces eso –Mintió, claro. Le encantaba.
-          No, no lo odias. Esto, por otra parte… -dejó que el silencio se extendiera como una fina capa de hielo, atenazándola, advirtiéndola.- Ahora que tú y tu afilada lengua estáis despiertas, quizá podríais ayudarme a investigar, digo yo.

Haciendo una mueca y sin decir palabra, la muchacha se encaminó hacia la estantería, contoneándose todo lo que pudo. Se plantó junto a él, y se estiró para alcanzar un grueso volumen que tenía detrás. No lo rozó por milímetros, por supuesto.

Tragando saliva, él sonrió: “Entendido, la lengua no es lo único afilado que tienes. Los dos lo sabemos. Sí, me pones nervioso. Sí, si quisieras seguramente me arrojaría a tus pies. No, todavía tengo dignidad. No, no soy un baboso. ¿Podemos centrarnos ya?”  Ella le devolvió la sonrisa y le dio un beso en la mejilla: “Perdón”.

domingo, 31 de enero de 2016

Leyendas de Col Miyo

Alzó la mirada e izó la bandera con orgullo. Esta vez lo había conseguido: por fin llegaba el primero en la carrera del Día del Héroe. Atrás quedaban sus anteriores intentos, las lágrimas y el sudor derramados en pos de aquél sueño. Atrás quedaban sus noches sin dormir, fantaseando con que algún día lo lograría. Delante… delante se abría un mundo lleno de posibilidades. Con los ojos vidriosos de la emoción, echó la vista atrás por última vez.

            Durante casi cinco años se había dedicado prácticamente por completo a entrenar. Había reducido su jornada laboral al mínimo, gracias a la influencia de su madre y al apoyo de su padre, y pasaba más de seis horas diarias entrenando, excepto un día por semana, en el que dejaba a su cuerpo descansar. Su día libre, sin embargo, lo dedicaba a pasear por el bosque tratando de conectar con su tótem animal.
            En la zona en que vivía habían mantenido antiguas y místicas tradiciones a través de los cuentos que contaban a sus hijos. A él, la historia que más le gustaba era la de “La luna, la joven y la loba”.
Ésta básicamente narraba la aterradora noche en que una joven niña, cuya edad variaba según quién contara la historia, se perdió en los alrededores de Col Miyo, el pueblo en el que él vivía. La joven había ido con su madre y su padre al bosque por la tarde, a rezar a la diosa del Árbol Madre para que su hermano naciera sano y fuerte. En un descuido de sus padres ella siguió una voz que la llamaba y terminó adentrándose en el bosque.
Las horas pasaban y por mucho que los padres gritaran y desesperaran, ella no aparecía. Cayó la noche y las nubes cubrían el cielo. Sin la luz de la luna para seguir con la búsqueda, no les quedó otro remedio que rendirse y dejar sus esperanzas de reunirse con su hija hasta la mañana siguiente. Pasaron la noche al abrigo del Árbol Madre, rezando.

En cambio, la joven niña siguió escuchando esas voces que la atraían. Parecía hallarse bajo el influjo de algún hechizo, pues seguía y seguía sin importar los obstáculos que hubiera a sus pies. Con gracilidad inusual en una niña de su edad, sorteaba ramas y árboles caídos, arbustos y pequeños arroyos sin apenas perder tiempo. Al cabo de una hora llegó a un pequeño claro junto a un talud con una hendidura lo bastante grande para que un adulto la atravesara sin problemas. Ella no se lo pensó y se adentró en la oscuridad…

jueves, 30 de julio de 2015

Palabras que Forman Historias Cuatro

                            "Introspección, calimero, inmarcesible, unicornio, punto G, schnitzel, hipoglúcido, promiscuo, melodía, japonesas y salamandra."

               Lorenzo castigaba con sus rayos aquella pequeña localidad ubicada en algún punto entre las montañas. Aquél pueblo era lugar habitual de retiros de yoga en particular y de amantes de la naturaleza en general. Emplazado en un entorno privilegiado y rodeado por bosques imposibles de imaginar para la gente de ciudad, parecía un recuerdo imborrable de un pasado ya olvidado. Las altas cumbres que se vislumbraban en derredor se hallaban cubiertas de nieve hasta bien entrado el verano, lo que desde luego era una muestra más de su pintoresco encanto. Gracias a esas nieves tardías los ríos de la zona se mantenían caudalosos y todo estaba lleno de vida.

                Los jóvenes habían decidido dedicar un fin de semana a alejarse del mundanal ruido de la ciudad y a buscar la inspiración adentrándose en la naturaleza, así que aquél destino les había cautivado de inmediato.
-          Creo que ya estamos llegando –dijo Elena, sin sonar del todo convincente-. Espero que no haya demasiada gente, al fin y al cabo es un lugar bastante turístico…
-          Tranquila, cuando llamé hace un par de semanas me dijeron que tenían casi todas las habitaciones libres en el hostal. Mira –le dijo Miguel señalando un apeadero que había junto a la carretera- podemos parar ahí y asegurarnos con el gps del móvil de que estamos yendo en la dirección adecuada.
-          ¿Estás insinuando que no sé por dónde tengo que ir? –la joven puso cara de pocos amigos pero enseguida suavizó su rostro-. No, estoy casi convencida de que aquél pueblo pequeño que se ve al fondo del valle es nuestro destino.

Ambos guardaron silencio mientras una melodía pegadiza sonaba en el mp4 que tenían conectado al coche.  Apenas diez minutos más tarde Elena había detenido el vehículo a la entrada del pueblo. No estaban hoscos, pero aunque sabían que su amor era inmarcesible tenían sus momentos de fría introspección. Normalmente eran las pequeñas discusiones o las púas que se soltaban de vez en cuando las que avinagraban su relación, aunque ya habían aprendido a respetar sus espacios personales. No había sido un acuerdo tácito, pero su mutua confianza les permitía no temer un distanciamiento. Además, aquellos momentos tampoco duraban demasiado.

-¡Ah! –exclamó Miguel- Qué susto me ha dado esa lagartija.
-Oh, Dios mío –dijo Elena poniendo los ojos en blanco-. Menos mal que no soy la típica princesita de cuento de hadas con un unicornio por montura y unos duendes por amigos…
-No, tú a veces pareces una de esas japonesas de las películas de miedo –contestó Miguel sacándole la lengua mientras recibía un puñetazo de Elena en el hombro-.
-Además –añadió Elena sin darle mucha importancia- no era una lagartija, sino una salamandra.
-… whatever –dijo Miguel, que fue quién puso los ojos en blanco en esta ocasión-. Venga, vamos al hostal que tengo unas ganas locas de darme una ducha y sacarme el polvo del camino.
Elena le sonrió con unos ojos que brillaban llenos de picardía, pero no añadió nada más.

                Una vez en el hostal dejaron las cosas con avidez y se encaminaron a la ducha. Se llevaron un pequeño chasco ya que el plato de la ducha era demasiado pequeño y la mampara no les dejaba muchas opciones: era anatómicamente imposible que cupieran los dos ahí dentro, así que no pudieron compartir un momento de fugaz intimidad.
Miguel, visiblemente abatido, se dirigió a la sala principal y encendió la tele mientras Elena se duchaba. Le sorprendió ver que en el canal autonómico estaban reponiendo calimero y de repente le embargaron recuerdos de otro tiempo, cuando se acurrucaba en el sofá de sus abuelos y seguía las aventuras de aquél desdichado polluelo. Cambió de canal y esta vez se encontró frente a la eterna serie de la familia amarilla. Inquieto, se levantó y empezó a deshacer la mochila para hacer tiempo mientras la ducha quedaba libre. Craso error, puesto que terminó golpeando el armario con el punto G del dolor unisex: el dedo pequeño del pie. Se derrumbó sobre la cama conteniendo una maldición y esperó.

Una vez la joven pareja se hubo acicalado, bajaron al restaurante. Mientras se acercaban, oían retazos de una acalorada y unilateral discusión:

-… tratarme así. No, lo que eres es un hij- la delicada posadera se interrumpió visiblemente avergonzada al ver que los jóvenes entraban en el comedor- un hipoglúcido. Y no quiero que vuelvas a llamarme. Nunca. ¿Te enteras? Estoy harta de tus historias de taberna medieval –la menuda mujer calló, escuchando algo al otro lado del teléfono-. Si quisiera estar con un promiscuo, me aseguraría de que por lo menos fuera guapo o sirviera para algo más que rascarse los huevos. Vete a la mierda, joder. ¡QUE ME OLVIDES! – estampó el teléfono, que se reveló con un crujido de protesta, en su soporte-. Lo siento, no pensaba que fuerais a bajar todavía.
- No te preocupes, es mejor dejarles las cosas claras a tiempo –contestó Elena-.
-Si quieres volvemos en un rato, podemos ir a dar una vuelta por el pueblo para hacer hora –añadió Miguel, lanzando una mirada a su compañera-.
-No digáis tonterías, un gilipollas así no va a hacer que desatienda mi trabajo, ¡faltaría más! Sentaos donde queráis y enseguida os llevo la carta. Aunque casi todo el mundo termina pidiendo el plato estrella de nuestra cocinera austriaca, Helga: Wiener Schnitzel.