jueves, 30 de julio de 2015

Palabras que Forman Historias Cuatro

                            "Introspección, calimero, inmarcesible, unicornio, punto G, schnitzel, hipoglúcido, promiscuo, melodía, japonesas y salamandra."

               Lorenzo castigaba con sus rayos aquella pequeña localidad ubicada en algún punto entre las montañas. Aquél pueblo era lugar habitual de retiros de yoga en particular y de amantes de la naturaleza en general. Emplazado en un entorno privilegiado y rodeado por bosques imposibles de imaginar para la gente de ciudad, parecía un recuerdo imborrable de un pasado ya olvidado. Las altas cumbres que se vislumbraban en derredor se hallaban cubiertas de nieve hasta bien entrado el verano, lo que desde luego era una muestra más de su pintoresco encanto. Gracias a esas nieves tardías los ríos de la zona se mantenían caudalosos y todo estaba lleno de vida.

                Los jóvenes habían decidido dedicar un fin de semana a alejarse del mundanal ruido de la ciudad y a buscar la inspiración adentrándose en la naturaleza, así que aquél destino les había cautivado de inmediato.
-          Creo que ya estamos llegando –dijo Elena, sin sonar del todo convincente-. Espero que no haya demasiada gente, al fin y al cabo es un lugar bastante turístico…
-          Tranquila, cuando llamé hace un par de semanas me dijeron que tenían casi todas las habitaciones libres en el hostal. Mira –le dijo Miguel señalando un apeadero que había junto a la carretera- podemos parar ahí y asegurarnos con el gps del móvil de que estamos yendo en la dirección adecuada.
-          ¿Estás insinuando que no sé por dónde tengo que ir? –la joven puso cara de pocos amigos pero enseguida suavizó su rostro-. No, estoy casi convencida de que aquél pueblo pequeño que se ve al fondo del valle es nuestro destino.

Ambos guardaron silencio mientras una melodía pegadiza sonaba en el mp4 que tenían conectado al coche.  Apenas diez minutos más tarde Elena había detenido el vehículo a la entrada del pueblo. No estaban hoscos, pero aunque sabían que su amor era inmarcesible tenían sus momentos de fría introspección. Normalmente eran las pequeñas discusiones o las púas que se soltaban de vez en cuando las que avinagraban su relación, aunque ya habían aprendido a respetar sus espacios personales. No había sido un acuerdo tácito, pero su mutua confianza les permitía no temer un distanciamiento. Además, aquellos momentos tampoco duraban demasiado.

-¡Ah! –exclamó Miguel- Qué susto me ha dado esa lagartija.
-Oh, Dios mío –dijo Elena poniendo los ojos en blanco-. Menos mal que no soy la típica princesita de cuento de hadas con un unicornio por montura y unos duendes por amigos…
-No, tú a veces pareces una de esas japonesas de las películas de miedo –contestó Miguel sacándole la lengua mientras recibía un puñetazo de Elena en el hombro-.
-Además –añadió Elena sin darle mucha importancia- no era una lagartija, sino una salamandra.
-… whatever –dijo Miguel, que fue quién puso los ojos en blanco en esta ocasión-. Venga, vamos al hostal que tengo unas ganas locas de darme una ducha y sacarme el polvo del camino.
Elena le sonrió con unos ojos que brillaban llenos de picardía, pero no añadió nada más.

                Una vez en el hostal dejaron las cosas con avidez y se encaminaron a la ducha. Se llevaron un pequeño chasco ya que el plato de la ducha era demasiado pequeño y la mampara no les dejaba muchas opciones: era anatómicamente imposible que cupieran los dos ahí dentro, así que no pudieron compartir un momento de fugaz intimidad.
Miguel, visiblemente abatido, se dirigió a la sala principal y encendió la tele mientras Elena se duchaba. Le sorprendió ver que en el canal autonómico estaban reponiendo calimero y de repente le embargaron recuerdos de otro tiempo, cuando se acurrucaba en el sofá de sus abuelos y seguía las aventuras de aquél desdichado polluelo. Cambió de canal y esta vez se encontró frente a la eterna serie de la familia amarilla. Inquieto, se levantó y empezó a deshacer la mochila para hacer tiempo mientras la ducha quedaba libre. Craso error, puesto que terminó golpeando el armario con el punto G del dolor unisex: el dedo pequeño del pie. Se derrumbó sobre la cama conteniendo una maldición y esperó.

Una vez la joven pareja se hubo acicalado, bajaron al restaurante. Mientras se acercaban, oían retazos de una acalorada y unilateral discusión:

-… tratarme así. No, lo que eres es un hij- la delicada posadera se interrumpió visiblemente avergonzada al ver que los jóvenes entraban en el comedor- un hipoglúcido. Y no quiero que vuelvas a llamarme. Nunca. ¿Te enteras? Estoy harta de tus historias de taberna medieval –la menuda mujer calló, escuchando algo al otro lado del teléfono-. Si quisiera estar con un promiscuo, me aseguraría de que por lo menos fuera guapo o sirviera para algo más que rascarse los huevos. Vete a la mierda, joder. ¡QUE ME OLVIDES! – estampó el teléfono, que se reveló con un crujido de protesta, en su soporte-. Lo siento, no pensaba que fuerais a bajar todavía.
- No te preocupes, es mejor dejarles las cosas claras a tiempo –contestó Elena-.
-Si quieres volvemos en un rato, podemos ir a dar una vuelta por el pueblo para hacer hora –añadió Miguel, lanzando una mirada a su compañera-.
-No digáis tonterías, un gilipollas así no va a hacer que desatienda mi trabajo, ¡faltaría más! Sentaos donde queráis y enseguida os llevo la carta. Aunque casi todo el mundo termina pidiendo el plato estrella de nuestra cocinera austriaca, Helga: Wiener Schnitzel.

2 comentarios:

Nosferes dijo...

¡¡¡El punto G del dolor unisex!!! Bien jugado jaja.

Como siempre, me encanta tu historia, y esa parte que he puesto antes las que más. Puñetero dedo pequeño del pie, sólo sirve para darte golpes jaja.

Christian Magallón Soria dijo...

Me alegro de que te guste jaja. Sí, ya sabes que me gusta ser un poco original y darle vueltas a las cosas para, en la medida de lo posible, ser impredecible ^_^.

¡Un besico!