sábado, 2 de julio de 2016

Palabras que Forman Historias Cinco.


                             *Cancamusa, pichón, perroflauta, doritos, Ecuador, jipiar, guaje, plurisexualidad, cerveza, megatrón.             

       Se hallaba en medio de una acalorada discusión en el bar de su hotel en Quito, Ecuador. Acababa de terminar la carrera, licenciándose en Literatura en la universidad de Harvard, y había decidido pasar un verano inolvidable visitando diversos países de América del Sur. Entre cerveza y cerveza, picando doritos, patatas y frutos secos, la conversación avanzaba cada vez más fluida. Henry se había encontrado en el hotel a un grupo de turistas europeos y conversaban en un popurrí de lenguajes en el que ningún tema era tabú. Hacía poco una de las chicas, Cornelia, una alemana que destacaba en la multitud primero por su despampanante físico y después por su inusitado desparpajo, había empezado a hablar sobre cómo la sociedad cada vez avanza más hacia la plurisexualidad. Cornelia estaba manteniendo una relación abierta con Hans y Sofía, una pareja de Austria que había conocido en el avión.
Según Cornelia, los roles de género cada vez se difuminaban más y más, y terminarían convirtiendo las relaciones tradicionales en la excepción. Henry por su parte mantenía una sana y tolerante visión al respecto, aunque difería en el concepto de relaciones tradicionales. Al fin y al cabo en las antiguas civilizaciones el amor romántico no existía y el sexo entre personas del mismo sexo era tan común y normal como el sexo entre personas de diferente género. Además, Henry estaba convencido de que si los más oscuros deseos de la mayoría de las personas guardan relación con bacanales y desfases similares, por algo será.

Horas más tarde, visiblemente afectada por el desenfreno al que se había sometido, Cornelia se levantó y besó apasionadamente a Henry, dejándolo estupefacto.
-Bueno, pichón, espero verte esta noche en el concierto de Megatrón. Creo que todos los demás van a ir –Cornelia volvió a besar a Henry, tratando de convencerle de que le convenía dejarse caer por el concierto-.
-Mmm. Creo que será interesante, tienen pinta de tocar muy, pero muy bien –sus ojos, juguetones, chispeaban a causa del alcohol mientras observaba embelesado a Cornelia. Ella rio y se despidió con un ademán y una sonrisa-.
Henry se levantó, un poco encorvado y se encaminó hacia los ascensores que se encontraban junto a la puerta del bar.
-¡Eh, guaje! –Le gritó Marta, una jovencísima española de pelo rizado y pecas que le conferían un encantador aspecto inocente-. Te olvidas la cartera, Cassanova –le dijo mientras se la lanzaba-.

Cuando Henry llegó a la puerta de su habitación, que se encontraba en la cuarta planta, vio que Cornelia estaba sentada al final del pasillo, en su puerta. Quizá se había dejado la llave en el bar y le daba pereza ir a buscarla.
-¡Cornelia! ¿Qué haces allí sentada? –gritó el joven, quizá con más vigor del que esperaba-. ¿No puedes entrar? Ven aquí, todavía me queda algo en el mueble-bar, si quieres.
La bellísima alemana se levantó y avanzó hacia Henry contoneándose. Casi parecía estar exagerando su movimiento de caderas, pero Henry estaba un poco aceptado y no podía pensar con claridad. En cuanto la joven lo alcanzó, éste abrió la puerta y ambos se adentraron en la calurosa habitación, un tanto lúgubre y mal iluminada. Aun no se había cerrado la puerta y Cornelia se abalanzó sobre Henry, empotrándolo contra la pared con inusitada violencia. Un gemido escapó por los labios entreabiertos del joven, pero la muchacha no tardó en silenciarlo con sus besos.

Alguien llamó a la puerta, y como no obtuvo respuesta, gritó:

-Eh, mamones, menos diversión, que vamos a llegar tarde al concierto –les gritó una estentórea voz masculina, muy grave.
                Unos quince minutos después, tras numerosos intentos de interrupción, Henry estaba recogiendo su ropa del suelo, y pasándole a Cornelia que todavía yacía en la cama la suya. Cuando levantó la blusa, una tarjeta cayó al suelo y Henry sonrió. Se volvió y le dijo a Cornelia:
                -Así que todo eso de estar sentada en el pasillo era una cancamusa. Querías que te invitara a entrar, maquiavélica y hermosísima mujer.
                -Culpable –reconoció ella, todavía con rubor en sus mejillas, pero un deje de desafío en su voz-. ¿Me vas a castigar por ello?
                Como toda respuesta oyó una sonora carcajada y su blusa le cayó sobre la cabeza. Se terminaron de vestir y salieron al pasillo. Hans y Sofía estaban allí sentados, algo apesadumbrados. La joven sollozaba y oyeron que Hans hablaba con ella.

                -Venga So, ya vale de jipiar. Sabías lo que había cuando empezó todo esto, pensaba que eras lo suficientemente madura como para soportarlo. Si no puedes entender que otras personas pueden hacerla feliz, deberías quedarte al margen. Solo vamos a estar aquí un par de semanas, se supone que veníamos a pasarlo bien, a ser felices.
                -No lo entiendes Hans. Estoy enamorada de ella. Tanto que me duele, mucho. No es algo que pueda controlar, o racionalizar. Ha pasado y punto. Prefería que tú te hubieras liado con ese perroflauta antes que ella, maldita sea. Me dolería menos.


                Henry y Cornelia se miraron, sin entender que un acto de amor desinteresado pudiera generar tanta tensión. Se acercaron a la pareja, ella decidida y él un tanto cohibido. Definitivamente no era así cómo esperaba pasar su “verano inolvidable”, pero estaba convencido de que aquellos recuerdos quedarían grabados en su memoria para siempre.

2 comentarios:

paqhil dijo...

He leído hasta la turista alemana.
Físicamente te relato es también luz y oscuridad. Seguiré poco a poco.
Lo que he leído es ameno y claro. 😑😑😑

Christian Magallón Soria dijo...

Me alegro de que lo que has podido leer te haya gustado. He intentado cambiar los colores del blog varias veces, pero no encuentro ninguno que quede mejor que el que está. A ver si un día de estos pierdo unas horas intentando diseñarlo mejor.