jueves, 7 de agosto de 2014

Hado

    La primera vez que la vi, llevaba un vestido blanco con un cinturón dorado a juego y una magnífica sonrisa. Ni siquiera se fijó en mí, un chico normal y corriente, que a su lado parecía vestirse con harapos. No, su risueña mirada fue a perderse en el horizonte, quizá en la fantasía de algún amor imposible, o de un futuro lejano. Su pelo ondeaba al viento como una bandera mecida por la caricia del cielo, y su mano jugueteaba a recorrer los eróticos contornos de sus labios. Mientras la observaba y embebía su aroma, notaba como caía presa de su embrujo. Sería suyo para siempre, aunque ella no sabía que yo existía. Tampoco sabía si volvería a verla, aunque lo deseaba con cada fibra de mi cuerpo, con cada micra de mi mente, con cada hilo de mi alma.
     Durante días cogí el mismo autobús, ansiando verla más que cualquier otra cosa. Vivía cada día para subir a aquél vehículo a las siete de la tarde, soñando cada noche con su rostro. Oh, amor, qué cruel eres. Hiciste que el tiempo desapareciera y que descuidara tantas cosas... pero al final la olvidé. La olvidé todo lo que se puede olvidar a alguien a quién sueñas cada noche de tu vida durante meses y meses sin descanso. Dejé de pensar en ella poco a poco: Primero fueron sueños perdidos sin hallarla; después días enteros sin encontrarla vagando por mi mente; la siguieron tardes sin montar en autobús y finalmente se evaporó de mi memoria.

     Había dejado de perder el tiempo forzando algo imposible, forjando un futuro inexistente en un destino que me escapa, para empezar a trabajar en mi presente. Mis días se hicieron más largos. Entrenaba mañana y tarde. Llevaba mi cuerpo al límite cada jornada, hasta que tan sólo podía pensar en el dolor que sentía. Pasaron las estaciones y dejó de doler. Volaron lunas y lunas y empecé incluso a disfrutar de aquella sensación de estar dando todo lo que tenía haciendo algo que me gustaba. Entré en el cuerpo de bomberos tras años de sacrificio, pero mereció la pena. Al menos, hasta aquél día.

      Somnoliento como estaba, me costó darme cuenta de que lo que escuchaba era la alarma de incendios del móvil. Me llamaban porque había trabajo que hacer. Con torpeza y más lentitud de la que me gustaría reconocer, me calé la camiseta por la cabeza y traté de ponerme los pantalones a la vez. Error. Acabé en el sofá en una incómoda e inexplicable posición. Maldije mi coordinación en silencio y seguí a lo mío.
      Cuando llegué allí, el equipo ya estaba sofocando las lenguas de fuego que salían por la ventana norte del edificio de cuatro plantas. Al parecer todavía quedaba alguien dentro, así que sin pensarlo mucho me puse el traje ignífugo y me adentré en el infierno. Allí tras cada puerta podía estar esperándome mi peor enemigo, pero no había tiempo, el edificio estaba muy dañado y podía venirse abajo en cualquier momento. El reloj corría en mi contra, pero el fuego me hablaba. Me indicaba por dónde tenía que cruzar y cuándo tenía que parar. Así que no tardé demasiado en llegar a una habitación sitiada por las llamas. La puerta estaba atascada y se oían sollozos al otro lado, así que saqué mi hacha lo más rápido que pude. El sudor me perlaba la frente y escurría por mis ojos, pero no podía perder un instante más. Golpe a golpe la puerta cedía. Sollozo a sollozo, una vida huía.
       Una vez al otro lado, mientras el humo escapaba por la puerta abatida, pude ver con dificultad un bulto en el suelo al otro lado de la sala. Me acerqué y lo cargué con cuidado. Se movía en lentas convulsiones, mientras lloraba. Por el sonido y el peso, tenía que ser una mujer joven, pero aquello no importaba demasiado, fuera quién fuese, tenía que sacarla de allí.
      No sin problemas, conseguí desandar el camino que había recorrido para llegar hasta aquella perdida habitación. Casi al final un fuerte ruido me pilló por sorpresa. Era quedo, pero noté las vibraciones en las piernas y antes de girarme para identificar de dónde provenía ya sabía qué era. Podía ver la puerta, pero no podría llegar hasta ella. Mierda, estaba tan cerca...
      Lo único que pude hacer fue tumbarme sobre ella, creando un espacio hueco entre su cuerpo y el mío, para que absorbiera el golpe. Apenas un segundo más tarde el techó cayó sobre mi espalda y me desplomé sobre la joven muchacha. Conservé la consciencia de milagro el tiempo suficiente para ver cómo mis compañeros se acercaban a socorrernos y nos sacaban de allí en volandas.

       Todo era un poco borroso, pero mientras estaba en la camilla vi cómo alguien se acercaba a mí. Era una mujer preciosa que llevaba un vestido blanco ennegrecido por el humo. Tenía los ojos rojos de haber llorado, pero ahora parecía estar conteniéndose. Juraría que me decía algo, aunque no podía escucharla. Levantó sus brazos y tomó mi mano entre las suyas. Lo sé porque lo vi, pero no notaba absolutamente nada, salvo un fuerte dolor en el costado izquierdo. Bajé la mirada, y entonces me di cuenta: La viga de madera se había astillado y un trozo bastante grande me atravesaba el abdomen. No tenía buena pinta. La mujer llevó su mano derecha a mi cara y me besó en los labios. Entonces algo en mi mente encajó. Recordé su sonrisa en aquél lejano autobús, y cerré los ojos. No hubo más dolor.

2 comentarios:

Cuauhtémoc Moreno dijo...

Excelente.

Acabo de terminar de leer tu libro sobre tu andar por el Camino de Santiago y esto no desmerece en nada.

El personaje femenino me remitió a la peregrina de vestidos llamativos que referiste en algunas de tus etapas.

Te felicito y agradezco ambos escritos.

Christian Magallón Soria dijo...

Muchas gracias por tus cálidas palabras y por tomarte la molestia de plasmarlas.

Soy yo quién te agradece el esfuerzo de leer mis escritos y quién se alegra enormemente de que los hayas disfrutado.

Un saludo.