jueves, 23 de octubre de 2014

Ero y Tika

     Avanzó cabizbajo, meditando en sus problemas habituales: estaba a mitad de mes y apenas le quedaba dinero para comprar comida, las facturas seguían ahogándole y su monótona vida no arrojaba luz en ningún punto. Resumiendo, estaba triste. Sólo una distracción amenizaba sus grises días y sus oscuras noches: su ardiente compañera.
     Todos los días llegaba a casa agotado del trabajo, pero cada día le esperaba un nuevo desafío al atravesar el umbral. Hoy, ella le había dejado su minúsculo tanga colgado del picaporte. No había mensaje, no había nada que indicara cuál era su intención, pero semejante hallazgo sirvió para infundirle nuevas fuerzas a su cansado cuerpo. Intuyendo un apasionado juego, se dejó vagar por su casa, buscando con denuedo a la dueña de aquél pequeño trozo de tela.

     La verdad es que no le llevó mucho tiempo, porque vivían en un diminuto piso en el casco histórico, así que no había demasiados escondites, y aunque su compañera era una maestra en el arte del disimulo y las sombras, no le llevó más de cinco minutos encontrarla escondida en uno de los armarios. Había dejado pistas falsas, como espacios en las cortinas que parecían ocultar a una persona, e incluso había movido los sofás para que pareciera que estaba detrás, pero su cándido amor no era tan ingenuo como ella creía y no se dejó engañar por semejantes triquiñuelas.
     Ahora bien, aunque él era un joven listo y esperaba encontrarse una escena sugerente, nada le preparó para lo que le esperaba en aquél lado de la madriguera: Su "Alicia" llevaba unas medias blancas, casi transparentes, encajadas en un precioso liguero a juego y un corsé. A parte de eso, tan sólo una sonrisa juguetona cubría su desnudez. Pícara, le hizo un gesto indefinido a su compañero que se había quedado sumido en un éxtasis que le impedía reaccionar. En su interior, el amor incondicional por aquella preciosa mujer pugnaba con el deseo más primordial que albergaba su ser. Una dura batalla que erigió sólo un vencedor que sería el que tendría que ascender al monte de la victoria, atravesando el bosque del deseo perdido.


     Él la levantó y ella se dejó hacer, ella le besó y él se dejo llevar. Antes de darse cuenta, un torbellino de sensaciones los recorría, mientras las manos de él y los labios de ella recorrían el cuerpo de su amante, con un ansia primigenia que no podrían detener hasta satisfacer por completo. Sus manos recorrieron con delicadeza su cuerpo lleno de curvas, enredándose en su pelo mientras la besaba, para terminar acariciando su delicado cuello y descendiendo por la preciosa curva de su espalda. Al llegar al trasero de su hermosa compañera, sus manos dejaron atrás sin disimulo su delicadeza para dejar paso a una necesidad. Mientras sus manos la atraían para sí, apretando con fiereza, sus bocas se enredaban todavía más, como si cada uno necesitara respirar la esencia del otro. Sus caderas bailaban un ritmo distinto al de sus corazones, que corrían desbocados. Mientras sus corazones pugnaban por salir atropellados de sus pechos, los besos de ella recorrieron el cuello de su tierno acompañante. Como una danza ensayada, ella le besaba mientras él la recorría. Ella necesitaba demostrarle que lo necesitaba, y lo hacía besándole el cuello, el lóbulo de la oreja, e incluso mordisqueándole, juguetona, mientras dejaba escapar algún gemido. Sabía que eso sólo era leña que añadir al fuego, pero a ella le gustaba el fuego intenso y no le preocupaba quemarse...

2 comentarios:

paqhil dijo...

Ya sabes cómo me gusta la coordinación que tienes. También sabes que te quiero mucho.

Christian Magallón Soria dijo...

Muchas gracias, yo también te quiero mucho.